El club Bilderberg, un club selecto que dirige en la sombra la economía mundial
Ahora que todos lamentamos la crisis y buscamos a los culpables de esta situación, nos preguntamos quienes son y que hacen los miembros del llamado club Bilderberg.
Su carácter secreto, no se conocen ni sus reuniones ni los temas de los que entran en ellas y una clara composición antidemocrática, sus miembros no son elegidos de manera democrática por ningún estamento hacen dudar de sus verdaderas intenciones. Y no son pocos los que piensan que son ellos precisamente los que dirigen en la sombra el gobierno de este mundo, al menos en materia económica.
A sus reuniones acuden unos 130 invitados de distinta procedencia, gobernantes, economistas, estadistas, grandes empresarios e incluso miembros de casas reales todos asisten a estas reuniones pero ninguno lo hace publico en su agenda de actos. La última reunión fue precisamente en España, en la localidad de Sitges y solo se hizo público un pequeño comunicado sin contenido y la lista de asistentes, algo casi insólito.
Sus reuniones son anuales y completamente cerradas tanto a público como a la prensa.
Algunos de los asistentes incurren incluso en una ilegalidad con las leyes de su país al asistir a este tipo de reuniones secretas, como es el caso de los miembros del gobierno estadounidense. La mayoría son miembros fijos aunque en cada reunión también se invita a algunos no habituales.
Debe su nombre al hotel donde se reunió por primera vez en Austria, fue en el año 1954.
Se trataría de una reunión de los denominados líderes de opinión de la sociedad, pero a nadie se le escapa que también en este grupo recae un gran poder político y económico.
Uno de los objetivos declarado en su primera reunión de 1954 era «hacer un nudo alrededor de una línea política común entre Estados Unidos y Europa en oposición a Rusia y al comunismo».
Imagen: Rens Kokke en Flickr.com


Club Bilderberg, encuentro anual de “colegas”.
Sitges, es población de alegres carnavales una vez al año y de hedonistas placeres de la carne en las cálidas noches de verano. Hace poco, se reunieron en esta población del litoral catalán los del Club Bilderberg. Eso sí, un poco apartados de la conocidísima calle del “pecado”, que es bulevar de placer y de dejarse ver y mirar más que de esconderse. Estos, son los que cortan la tarta de nuestras futuras ilusiones más deseadas o los temores de nuestro incierto mañana, y son muy discretos y misteriosos, donde los ingredientes más importantes para ellos son el poder y el sonido y crujido a metal del dinero. Los del Bilderberg, estuvieron por allí haciendo su propia alquimia, de su propia levadura que fermenta las escayolas del molde de la riqueza mundial. Donde, el ingrediente más importante y que dicta el acento, es la opulencia y copiosidad con la que se muestran. De adorno y gala para los ricos y de sombras desaliñadas para los pobres.
En principio, esto de el Club Bilderberg es como una asociación secreta de prodigiosas mentes, que se ve, que piensan y discurren que es un portento de adivinancia y profecías de futuro y discutible porvenir. Se elevan con la imagen en que se ven, y gozan con un falso deleite de lo que probablemente no es. Sembrando semillas de donde germinará un venidero futuro hecho a escuadra y cartabón, labrando nuestra verdad más venidera a corto plazo y marcando ellos el camino. Un sólo y único camino, que es paraíso de unos cuantos y privilegio de otros pocos. Y de los que van de invitados, la mar de contentos y embriagados, de revolcarse en el charco al que son convocados por rigurosa invitación. Los del Club Bilderberg presumen de tener el alma de pulido y reluciente oro. Asociación ésta de arcanos misterios, místicos y científicos a la vez. Algo secreto y muy selectivo, de unos pocos elegidos que creen que pueden detener el tiempo para iluminarnos con su luz, que desde fuera, tira más a umbría y tiniebla de oscura gruta de eclipse turbador, que a deslumbrante oráculo y predicción de profecía de arreglar este desorientado mundo.
Pero los que somos del pueblo llano y trabajamos, -más por necesidad que por costumbre-, no tenemos ese privilegio de reunirnos en alojamientos faraónicos y de lujos “saudíes”. Los mileuristas, no nos congregamos en lujosos hoteles escoltados por ángeles armados ni alambradas de fuego. A nosotros, los de paso discreto y caminar de a pie, nos vale la tasca de toda la vida. Con el mantel a cuadros, copita de anís del Mono y pincho de tortilla.
Entre los asistentes a estas conferencias, acuden los mecenas más iluminados por la vara subjetiva del poder más tenaz e inexpugnable, que pretenden ordenar el microcosmos social, cubiertos con un sólido techo opaco de mármol que no deja pasar el sol. Muy amigos del silencio, visten trajes que lucen como túnicas invisibles de pureza ortodoxa y lujosas galas. De mudas palabras, casi calladas, casi enigmáticas. A puerta cerrada se pueden disimular mejor los errores. Porqué, la verdad envuelta en secretos, pasa con más disimulo. Una verdad cerrada como un nudo y bajo una muda elocuencia de una savia fecunda que ellos, y sólo ellos, perciben como un patrimonio de los ricos, sin mayor disimulo y sin esconderse de su pintoresca leyenda. El alma se funde como lava en el agua. El miedo y el dolor también se funden y se derriten. ¡Qué importa si después el pueblo no sabe a qué puerto se dirige navegando por ignorados rumbos sin sextante que le sirva de lazarillo que lo oriente!
Estos del Bilderberg llevan como presente delicado el “saber estricto” en bandejas de plata. Y cada año, se reúnen una vez en su “nave nodriza”, que suele ser hotel descaradamente fastuoso, y no posada de viajantes más humildes y de modesta sencillez y sobriedad. Pensando un poco en la vanidad no les iría mal. Esto de reunirse en guarida oscura y aposentos sellados con candados de plomo, es cosa de mala educación y desprecio al pueblo trabajador que suelen ser gentes más sencillas y discretas. La mayoría, probablemente nunca estuvo en la mina de picador. Eso es verdad. Y, si no eres de la élite global ni banquero suntuoso, se ve, que no te dan conversación ni trato de afiliado. El rostro tras la máscara escondido siempre tiene algo que ocultar, y no suelen hacer públicas sus conclusiones, para que los demás no sepamos el propósito de sus quimeras y propósitos de futuro.
En el pozo del agua estancada cada sombra tiene su cuerpo, y cada gota de agua su sabor más amargo. Desde arriba, en el torreón del castillo, se ven las cosas mucho más pequeñas, agrandando la visión integral de su descarada arrogancia adherida a su piel. ¡Que el metal es frío y el corazón caliente!, y en sus tinajas del beber sacian su sed, su vaso llenan de néctares sabrosos que es elixir de la opulencia. De sus aposentos, se asoman opacos ventanales donde no entra ni sale la luz. Pozo oculto, que nunca el agua refleja por carecer de la claror natural, de colores luminosos y brillantes.
Los concurrentes a estas reuniones hacen promesa de discretos, y el rostro tras la máscara siempre escondido tampoco es que de mucha confianza. Aunque en contrapartida, muy secretos tampoco son, porque salen en todos los medios anunciando la dieta del conocimiento. Dando una imagen de muy suyos y guardianes de sus misterios.
Algunos, con mala intención, les llaman “grupo de “frikis eruditos y con dinero”. ¡Que cosas! El año que viene que vayan la Esteban y la Patiño como ilustres invitadas- Más que nada, para dar salsa y desconcierto, y para avivar el fuego de esta inflamable hoguera de tanta sabiduría encerrada y hermética.
En un mundo en donde ellos sueñan despiertos, donde la piedra del oro y la riqueza es la respuesta remota del futuro. Como una flor helada, muda y sigilosa que no aromatiza a nada, que es insípida y muerta de esencia. Triste cárcel puede ser el excesivo poder. Pues la soledad más aislada suele ser patrimonio para los escritores o los desgraciados. Igual, estos del Bilderberg solo son espectros que duermen de día, almas que vagan en la noche con sus misterios como excusa. Como el demonio, que anda a la caza de almas perdidas cuando cae el ocaso a la hora del crepúsculo. Carentes de soluciones viables, y más enigmáticas que prácticas y efectivas, murmuran entre ellos. Menos pragmatismo sería como un rayo de luz en sus sigilosos y misteriosos rostros.
“Don callado” es la discreción, y “Don Dinero”, su doctrina más hermética. Con su propia orden de caballería: “que calladitos están más guapos”, tienen prohibido hablar con la prensa. Es la roca que se construyen ellos mismos, y que se elevan con la imagen que contemplan y gozan con una sabiduría que igual no es, o no acaba de ser. Pues ya Platón, en sus Jardines de Academos, no era tan escrupuloso ni tan desconfiado, y todos podían decir la suya y compartirlo luego con quien más quisiesen, que tampoco pasaba nada. Es lo que tenía la magia y la bondad de aquellos pensadores del romanticismo Griego.
Aunque nada sepamos del destino, ni seamos solventes en profecías clarividentes, nuestra esperanza puede que sea una enferma, pero sabe mi esencia, que ingenuamente se vive mejor y más años, que rodeado de suntuosos metales y espejos de reflejos narcisistas. Quien quiera al hombre falto de dinero que mire hacia el pueblo, que se suele conformar dándole aliento y un poco de cariño. Como le pidió en la canción Jonnny Guitar a Joan Crawford: “Dime que me quieres aunque sea mentira, pero no me hagas que piense que todo eso que sientes es todo cierto”.
La sabiduría debería ser algo más universal, algo que se tendría que compartir y distribuir sin tantas excusas para el gran negocio de salvar el alma universal. Pues ya decía Epicuro de Samos: “Una vida libre no puede conseguir muchas riquezas, porque esto no es fácil de hacer sin dar cabida al servilismo de la turba o de los poderosos”.
A un banquete se sientan los tiranos y la sed sacian con vaso de sobremesa, y no, en taza sobria que hierve y quema viva la garganta de cristal que cuelga del hilo del que más necesita. Se puede matar a un pobre fácilmente, solo es cuestión de acertarle. La codicia es como el horizonte, que no acaba nunca y no tiene ni principio ni fin. Probablemente, en estas reuniones no se esmalte la piedra, sólo se le pulan sus cantos.
Sergio Farras, escritor tremendista.
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